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La incorrección, una expresión de la antipolítica

Adolfo Ledo Nass Venezuela

Rebeca Morla

(Guayaquil, 1992) Es politóloga y analista, licenciada en Ciencias Políticas y máster en Comunicación Política por la Universidad de La Rioja (España), coordinadora de la Facultad de Administración y Ciencias Políticas de la Universidad Casa Grande

La politóloga Rebeca Morla reflexiona en esta entrevista sobre el ‘vacío’ de la incorrección política, un concepto que entrelaza nociones como el populismo, la intolerancia y la polarización.

Para entender la incorrección hay que referirse primero a lo políticamente correcto. ¿De dónde viene esta noción y a qué alude?

No está claro. Pero ser políticamente correcto significa evitar ciertas formas de expresión o de acción que puedan excluir, discriminar u ofender a ciertos grupos sociales. Un ejemplo es referirse a todos y todas como un acto de inclusión. No decirle negra a una persona sino afrodescendiente. Estamos hablando en gran medida de lenguaje, de cultura, pero también de relaciones de poder en la sociedad.

¿La noción de corrección política es resbaladiza?

Caemos en una discusión de subjetividades, porque ¿quién decide qué es ofensivo?, ¿hasta qué punto uno puede expresar su punto de vista sobre algo sin ofender a alguien más? A lo largo de la historia siempre han existido ideas consideradas no tolerables y que han ido evolucionando según la época. Con el pasar de los años, esto se convirtió en una forma de intolerancia a los intolerantes, a las personas consideradas discriminatorias o prejuiciosas.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de incorrección política?

Me gustaría responder con ejemplos tomando el caso de Estados Unidos. Por el lado de los progresistas, la congresista demócrata Alexandria Ocasio se refiere a los centros de detención de inmigrantes como campos de concentración. Por el lado de la derecha tenemos al mismo Donald Trump, que llama a los inmigrantes personas ilegales o que al covid-19 le dice chinavirus.

¿Por qué la incorrección parece vivir un auge?

Hay estudios que muestran que la gente de hecho percibe este tipo de declaraciones como auténticas y reales, que el político que toma esta postura dice lo que piensa de verdad y no lo que se supone que debe decir, aunque esas declaraciones sean inexactas.

¿La incorrección está haciendo que emerjan discursos que no veían la luz y es entonces germen de la posverdad?

El auge es el de estas figuras políticas que representan un quiebre con lo tradicional o que representan la antipolítica, y en parte emergen estos discursos porque la política tradicional se ha convertido en algo que no le gusta a la gente, hastiada de la corrupción y del abuso de poder, con políticos que lejos de servir se sirven. Son estructuras hegemónicas de poder, que la gente rechaza y ya no quiere. Emergen entonces estos otros discursos, porque generan popularidad y votos.

¿Los políticos parecen haber tomado nota de ello, incluso en Ecuador?

Vemos candidatos hablando de la cervecita en la esquina o jugando vóley en la playa pese al covid-19, distraen de lo que debería importar -las propuestas reales para sacar al país de la crisis- y buscan un rédito electoral. La prioridad debería ser volver a hablar de valores. Tenemos que volver a hablar del ‘deber ser’, de lo que se supone que es la política ­como servicio público.

¿En qué medida lo políticamente incorrecto tiene oportunidades de seducir a la gente? ¿Entrañan en verdad mensajes nuevos y frescos?

No. Lo veo más como una reacción de hartazgo ante el discurso y la figura del político tradicional, entonces hay personas que encuentran en esta narrativa antipolítica una especie de esperanza y de ilusión, como si ese fuera el camino, cuando no lo es. Tenemos que identificar promesas vacías y discursos populistas.

¿Qué relación existe entre incorrección y populismo?

El populismo se entiende en este contexto como una herramienta discursiva que utilizan políticos tanto de izquierda como de derecha, para dividir al electorado, para asegurar los votos de ciertos sectores y ponerlos en contra de otro. Y todo esto deriva en hiperpolarización social, a partir de la manipulación de la emoción. Es el discurso emocional más que el racional el que despierta estas reacciones que no son sanas para una democracia, porque contribuyen a comportamientos violentos e intolerantes.

La crítica, del otro lado, es que la excesiva corrección política está coartando libertades y fomentando la autocensura.

¿Qué piensa de ello?

Lo que tenemos que entender es que todo el mundo tiene un punto de vista que merece ser respetado, escuchado y tolerado. El debate enriquece la cultura política. El que no piense como yo, no es mi enemigo: al contrario, enriquece la discusión política, el debate de la sociedad, el hecho de que coexistan en libertad y en armonía las distintas posturas ideológicas, de eso se trata la democracia.

Rebeca Morla

(Guayaquil, 1992) Es politóloga y analista, licenciada en Ciencias Políticas y máster en Comunicación Política por la Universidad de La Rioja (España), coordinadora de la Facultad de Administración y Ciencias Políticas de la Universidad Casa Grande.

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