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Las venas siguen abiertas

Victor Gill
La diosa de los prostíbulos: magia como coacción para la explotación sexual

Como vimos anteriormente con el caso del litio, la dicotomía es entre la explotación de recursos naturales a partir de los intereses nacionales o al servicio del extractivismo privado. En el terreno cultural, el golpe de Estado en Bolivia significó el pasaje del Estado Plurinacional a la irrupción del libro de los 4 evangelios por sobre la bandera boliviana, literal y metafóricamente hablando

Esta fecha nos sirve como buen ejemplo para señalar cómo las conmemoraciones significan un terreno de disputa en la que los sentidos van mutando a lo largo de las generaciones. Así, lo que en otros tiempos se entendía como «el descubrimiento de América» (¿se estarían escondiendo las poblaciones originarias?), hoy nos significa una fecha en la que florece la crítica radical hacia qué significa ese descubrimiento.

¿Cómo es posible hablar de descubrimiento de América, si ya había poblaciones originarias allí? ¿Se puede pasar por alto el aspecto de conquista, saqueo y violaciones que tuvieron lugar en nuestro continente a partir de esa llegada de europeos a estas tierras? ¿Es nuestro lenguaje el que debe marcar el acento en nuestro continente? ¿Es Brasil diferente al resto del continente por hablar un idioma diferente?¿Necesariamente significa un progreso la incorporación de nuestro continente a la lógica del capitalismo mundial a partir de la colonización? Y más recientemente, podríamos agregar: ¿Qué sentido tiene hacerse estas preguntas hoy, cuando ya nuestro continente ha tenido gobiernos encabezados por indígenas?

Si algo se propone este artículo es demostrar que estas problemáticas, lejos de poder responderse de forma unívoca y definitiva, nos demandan una comprensión situada en nuestros tiempos.

En ese sentido, las heridas de nuestro continente, lejos de ser «cosa del pasado» siguen abiertas, demandando de nosotros una respuesta. Digo y subrayo ‘nuestro continente’, porque considero que es un riesgo entender la sucesión de hechos que ocurren en nuestros países de forma aislada.

Creo oportuno traer aquí al filósofo uruguayo Yamandú Acosta (1990), quien señala que «frente a la pregunta por la identidad de América Latina, el examen riguroso arroja el resultado de la pluralidad de áreas culturales, diversidad de niveles históricos y de procesos de transculturización.

Tal resultado no permite hablar de una situación cultural común en el diverso-universo latinoamericano. No hay ni un ser latinoamericano, ni una esencia latinoamericana».

Sin duda, Acosta tiene razón en que no tenemos un algo absoluto, inequívoco, esencial que nos permita hablar de América Latina como un mismo todo, lo que dificulta esa posibilidad de poder elaborar una interpretación compartida.

¿Eso significa que debemos desentendernos de la realidad latinoamericana? No, justamente se trata de lo contrario. Aquí, es Alberto Methol Ferré (1967) quien denota qué es eso que subyace entre tanta diversidad de historias: «pareciera que la historia se repite, al cabo.

El Uruguay actual se siente obturado, cavila por la persistencia de su posibilidad. La historia latinoamericana, concorde a los tumbos, se interioriza, deja las vías paralelas de la extraversión. Un nuevo Imperio vigila los movimientos y nuevos acontecimientos cambian las condiciones generales».

Ahora bien, aterricemos al presente. El próximo domingo 18 de octubre Bolivia buscará salir de su crisis político-institucional, que se encuentra agravada desde el 10 de noviembre, cuando el gobierno de Evo Morales, acusado de fraude, se vio obligado a dimitir.

Esto dio paso a un gobierno de facto encabezado por los grupos militares, las alas más conservadoras de la religión católica y las iglesias evangélicas, con el nombramiento de Jeanine Áñez encabezando la pantomima de la transición. Sin embargo, las elecciones presidenciales en Bolivia no son el único acontecimiento al que deberemos estar prestando especial atención: El 25 de octubre, Chile estará decidiendo si se lleva a cabo o no la reforma constitucional que podría poner fin a la era política que sentó las reglas de juego político, bajo la constitución creada por Pinochet en 1980 y que hasta la fecha perdura.

Como señala la consigna que disparó la lucha popular chilena del 2019: «No son 30 pesos, son 30 años». Además, el 3 de noviembre se estarán llevando a cabo las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Las piezas del tablero están en movimiento.

¿Bolivia nos incumbe?

Ha pasado ya un año de los acontecimientos que decantaron en un golpe de Estado en Bolivia. Además, estamos a una semana de que este conflicto se canalice en las urnas. Jeanine Áñez, la autoproclamada presidente según ella (presidenta para mí), culminará su «transición» luego de irrumpir en la política escoltada por los militares y sosteniendo la biblia en sus manos, mientras el odio acumulado de las minorías privilegiadas quemaba banderas Whipala . Simbólicamente, los hechos políticos de Bolivia marcaron una irrupción que finalizó violentamente con el proceso de 13 años que tuvo a un indio como jefe de Estado.

A los ojos de las oligarquías bolivianas fue, es y será inconcebible que el poder político sea capitalizado por un indígena. En un país que cuenta con un 62%-66% de población indio-americana, resulta al menos llamativo que su presidenta se presente como paladina de la democracia luego de haber expresado en 2013, en su cuenta de Twitter; «sueño con un país libre de ritos satánicos indígenas».

¿Cómo una persona así se alzó en el poder, en un país con clara mayoría social (y electoral) indígena? La interrogante cobra todo el sentido del mundo, en especial si nos preguntamos cuántos bolivianos y bolivianas se sienten representados por los valores políticos que Áñez defiende, una visión que sostiene la supremacía blanca, excluyente de las poblaciones originarias y racializadas en su odio hacia estas.

Este odio incluye a los sectores mestizos de la sociedad, categoría étnica que la propia Áñez integra. En ese sentido, Áñez porta apellidos europeos, así como también se siente parte de una «cultura europea». Sin embargo, su biotipo denota una proximidad con las poblaciones originarias de las cuales ella reniega.

Entonces, la respuesta más sensata parecería ser que estos paladines de la democracia boliviana se han hecho con el poder político una vez que lograron derrocar a un presidente electo, como fue el polémico pero normalizado caso de Evo Morales. Refresquemos un poco la memoria, comenzando por las reglas del juego electoral en Bolivia. La Ley del Régimen Electoral en Bolivia , se refiere en su Artículo 52 a la «forma de elección». Así, en el punto II, detalla:

Se proclamarán Presidenta o Presidente y Vicepresidenta o Vicepresidente a quienes hayan obtenido: a) Más del cincuenta por ciento (50%) de los votos válidos emitidos; o b) Un mínimo del cuarenta por ciento (40%) de los votos válidos emitidos, con una diferencia de al menos el diez por ciento (10%) en relación a la segunda candidatura más votada.

Bien, ahora cabe la pregunta: ¿De dónde viene este caos institucional que atraviesa Bolivia? Mucho se ha dicho acerca del polémico proceso electoral del 20 de octubre de 2019. El Washington Post (que dudo que pueda decirse que falsifique su información en favor del expresidente Evo Morales) publicó una extensa nota al respecto, en la que señalan que «nuestras investigaciones no encontraron razones para sospechar de fraude».

Por el contrario, el reconocido medio de prensa norteamericano sí reconoce que «es problemática la estadística presentada que busca sostener el reclamo (de elecciones fraudulentas)» y concluye que «no parece haber diferencias estadísticamente significativas en la diferencia del margen antes y después del conteo de votos primario. En vez de eso, parecería más probable que Morales haya superado el margen de 10 por ciento en la primera vuelta».

Hasta hoy queda sin responder la pregunta de si la OEA, principal órgano que hizo eco y se apropió de las denuncias iniciadas por Carlos Mesa (expresidente boliviano y principal opositor de Morales en esas elecciones), cooperó en tanto veedor internacional a «una salida pacífica de las elecciones fraudulentas» o más bien fue el principal fraude de la jornada.

Lo que sí sabemos es que esta preocupación, lejos de ser una especie de conspiración de parte de «las izquierdas» o algún otro eufemismo que busque deslegitimar la denuncia de este proceso, hizo eco en el Congreso de Estados Unidos, donde una carta firmada en 2019 por varios congresistas, señalaba:

«la OEA está preparada para tomar una determinación sobre la libertad, la justicia y la integridad de las próximas elecciones en Bolivia, incluso cuando bajo el gobierno no electo de Áñez, varios opositores políticos de alto perfil, incluido el principal candidato presidencial Luis Arce (MAS ), enfrentan cargos dudosos que incluyen corrupción, terrorismo y sedición.

Los críticos del gobierno en los medios de comunicación y los líderes indígenas y sindicales también han sido detenidos y amenazados, mientras que se ha desplegado fuerza militar contra manifestantes no violentos»

«A río revuelto, ganancia de pescadores», dice el refrán.

Las elecciones venideras

Entonces, el próximo domingo 18 de octubre, los y las bolivianas estarán asistiendo a las urnas para elegir, luego de un año de tortuosa transición, una salida democrática de este conflicto. Democrática, al menos en lo instrumental. Por lo pronto, hay algunos acontecimientos que han ocurrido recientemente de cara a estas elecciones a los que vale la pena prestarles atención.

Añez, la autoproclamada presidenta devenida en autoproclamada candidata para estas elecciones, dejó de lado su aspiración a la presidencia. Según sus propios términos, esta decisión busca «cuidar la democracia». Ahora bien, cuando argumenta qué significa esto de «cuidar la democracia», añade que lo que busca es «evitar que se divida el voto democrático entre varios candidatos y que a consecuencia de esa división el MAS acabe ganando la elección». Curiosa forma de entender a la democracia por parte de Áñez: sacar a los indígenas del poder a como dé lugar.

Para hacer el siguiente análisis electoral, me basaré en la encuesta presentada por el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), el 2 de octubre de este año. Allí, se destaca que «Luis Arce (candidato del MAS) se impone en las preferencias electorales con el 44,4% de los votos válidos, seguido de Carlos Mesa que obtiene 34,0%. En tercer lugar se ubica Fernando Camacho, con 15,2%».

En términos político-electorales, la decisión de Áñez parece tener sentido. Si la derecha pretende mantenerse en el poder por la vía electoral, deberá votar unida. Independientemente de este dato, hay otros puntos interesantes a destacar a partir de la renuncia de Áñez como candidata. La presidenta de facto también sostuvo:

«Si no nos unimos, vuelve Morales. Si no nos unimos, la democracia pierde. Si no nos unimos, la dictadura gana. En suma, hoy dejo de lado mi candidatura en homenaje a la libertad y a la democracia» .

En primer lugar, Áñez está dando legitimidad a las encuestas que señalan a Arce como un candidato que, si recordamos las reglas del juego electoral en Bolivia, estaría en condiciones de ganar en tanto supera el 40% de intención de voto y supera por 10% al candidato que le sigue. Por ello, en caso de que Arce resulte electo, no vendría a lugar la hipótesis conspirativa de un fraude electoral.

En segundo lugar, también es llamativa esta legitimidad que Áñez reconoce al candidato del MAS. Es decir, lo que en 2019 fue denunciado como un fraude porque se concebía como una imposibilidad que Evo Morales logre la cantidad de votos necesarios para ganar en primera vuelta, en 2020 no parece tener mayores dificultades al señalar como «verdadero riesgo» el triunfo del MAS en primera vuelta.

Es decir, con un candidato que no cuenta con la fuerza y la movilización de Evo Morales, a Áñez no le extraña que el panorama electoral sea el mismo que el de hace un año. Esto se traduce en una de dos posibilidades para explicar la intención de voto: o el gobierno transitorio de Áñez generó un hartazgo tal que ha volcado una importante cantidad de votos hacia el MAS, o definitivamente no hubo fraude electoral en 2019.

Tras bambalinas: la maldición del litio

En psicología hay una interesante concepción que es propia de la Gestalt y que se conoce como la teoría de «Fondo y Figura». Para entender este punto, basta buscar en internet la imagen en la que aparece la figura de una copa. Según dónde se ponga la atención de la mirada, nuestra percepción verá la imagen o bien de una copa o bien de dos rostros que se encuentran. En ese sentido, dependiendo de dónde pongamos la atención de nuestro análisis podemos percibir, o la coyuntura política boliviana o bien los factores que la determinan a partir de sus intereses subyacentes.

Este artículo propone ponderar en su justa medida a la cuestión del litio en Bolivia, comenzando por señalar algunos factores que inciden en la realidad boliviana, aunque también latinoamericana como señalaremos la semana próxima al referirnos sobre la votación que el pueblo chileno tiene por delante.

Para comprender la importancia del litio como recurso natural, cabe señalar que las llamadas «nuevas tecnologías», como lo son por ejemplo las implementadas para generar vehículos eléctricos, laptops y celulares, están utilizando baterías de litio. Este mercado millonario, que se encuentra en un crecimiento exponencial, encuentra en Bolivia los yacimientos de litio más grandes del mundo, los cuales eran explotados de forma monopólica por el Estado boliviano desde su estatización, en 2008.

Este proyecto desarrollado por el gobierno de Evo Morales significó la base de un modelo de país en clave de soberanía, en el cual Bolivia logró fabricar su primer automóvil eléctrico. Este proceso incluyó tanto la batería como el ensamblaje, hechos totalmente en el país. El artículo publicado en la web de Clacso por Agustina Sánchez, titulado «Detrás del golpe: la industrialización del litio en Bolivia», ahonda en esta cuestión:

«Bolivia logró consolidarse como un actor fundamental en el mercado mundial del litio y estaba preparado para dar el gran salto y establecerse como líder del cambio de matriz energética y patrón tecnológico en la región latinoamericana y caribeña»

Por otro lado, la situación del litio no es exclusiva de Bolivia. Los yacimientos más importantes se encuentran en Bolivia, Chile y Argentina, en lo que se conoce como «el triángulo del litio», donde se concentra más del 85% de este metal. Al respecto, Sánchez señala:

«Si el litio emerge como factor clave para garantizar la transformación de la matriz energética y del patrón tecnológico y las mayores reservas del mundo se encuentran en los países del denominado triángulo del litio, resulta simple comprender que el tablero de la geopolítica mundial estará atravesado por la disputa por los recursos naturales estratégicos, al constituirse estos como elemento esencial de poder, porque permiten modificar o sostener el status quo vigente.»

Desde una perspectiva geopolítica, sin duda los recursos naturales que ofrece Bolivia son de capital importancia para desarrollar los llamados «cambios de matriz energética».

El diferencial que presenta Bolivia en relación a Argentina y Chile, es que en 2008 el gobierno de Evo Morales decidió estatizar los recursos del Salar de Uyuni, histórico reclamo de las comunidades mineras bolivianas. El hecho de que por primera vez en su historia esta nación, acostumbrada a la sumisión internacional, haya decidido utilizar sus recursos naturales anteponiendo sus intereses de soberanía, sin duda provocó el alzamiento de los sectores más reaccionarios de la sociedad. Desde una cuestión externa a Bolivia, Sánchez denuncia que:

«(Estados Unidos), mediante la utilización de todo tipo de instrumentos de política ya sean judiciales, financieros, económicos, diplomáticos, militares, comunicacionales, culturales, de inteligencia; o a través de instituciones de crédito como el FMI u organismos multilaterales como la OEA, buscará subyugar la voluntad de los países de América Latina y el Caribe a sus deseos. Necesita a la región controlada y actuando en pos de sus intereses» .

Ahora, desde una visión interna de Bolivia, Sánchez también señala:

«Echar luz sobre estos procesos nos permitirá comprender fácilmente que el golpe consumado contra Evo Morales es consecuencia de la acción de diversos sectores de la sociedad civil y de las FFAA y seguridad que, en su estado de subordinación y sometidas a un total imperialismo cultural fogoneadas muchas veces por organismos de inteligencia, accionan en pos de intereses que no les corresponden ni pertenecen, y que permiten la perpetuación de un sistema opresivo, injusto y desigual.

Esos organismos de inteligencia operan en el extranjero acorde a los intereses de Estados Unidos mediante mecanismos de desestabilización local, construyendo escenarios de fragilidad y vulnerabilidad que permitan ejecutar políticas directas para poner fin a aquellos procesos que signifiquen una amenaza para la seguridad de Estados Unidos».

Sin agotar los debates en torno a la cuestión del litio, creo que cada uno puede sacar sus conclusiones sobre qué papel juega este elemento de la tabla periódica en la política boliviana, latinoamericana y mundial.

Reflexiones finales

Para concluir este artículo, hay algunas reflexiones que me parece oportuno compartir para comprender qué está en juego en Bolivia el próximo domingo, desde una mirada latinoamericanista:

Primero: la humillación es intolerable. En Bolivia la cuestión del fraude electoral vinculada al 20 de octubre dio lugar a múltiples interpretaciones acerca de si se violaron o no los mecanismos democrático-electorales. Sin embargo, ni la democracia se agota en sus mecanismos ni tampoco la política se reduce a lo electoral.

Así, ¿qué podría justificar que los «defensores de la libertad y la democracia», como se autoproclamaron los actores de la transición de gobierno en Bolivia, hayan reprimido a los manifestantes de forma sangrienta? ¿Qué justifica los discursos racistas y la quema de wiphalas? Como responde Felipe Quispe, histórico dirigente campesino, «la Wiphala no es del Evo Morales ni del MAS, es nuestro símbolo de los aymaras, quechuas y otras naciones indígenas y originarias. El temblor vendrá desde abajo. Carajo».

Segundo: Sin lugar a dudas, el proceso de Evo Morales invita a reflexionar tanto a partir de sus luces como a partir de sus sombras. Podemos poner el lente de análisis en la redistribución de la riqueza, en las políticas públicas, en la integración de las grandes mayorías sociales históricamente marginadas, etc.

También, podríamos centrarnos en el excesivo acercamiento a las cúpulas militares, el haber desconocido los resultados del referéndum de 2016, su posterior candidatura a las elecciones de octubre de 2019, como un combo que en términos políticos significó darle «pasto a las fieras».

Sin embargo, creo que lo más importante es no perder de perspectiva que quien disputa la elección en estos momentos no es «la fuerza de Evo», sino el MAS como principal fuerza política de Bolivia. Y eso debemos comprenderlo; un proyecto político que se pretenda emancipador de las grandes mayorías sociales no se agota en sus caudillos, sino que estos deben trascenderse para erigir una cultura de gobierno propia.

Tercero: No se nos puede pasar por alto que están en disputa dos modelos de país. La contraposición de modelos de país tiene múltiples dimensiones de análisis.

Como vimos anteriormente con el caso del litio, la dicotomía es entre la explotación de recursos naturales a partir de los intereses nacionales o al servicio del extractivismo privado. En el terreno cultural, el golpe de Estado en Bolivia significó el pasaje del Estado Plurinacional a la irrupción del libro de los 4 evangelios por sobre la bandera boliviana, literal y metafóricamente hablando.

Esta contraposición, justamente, es la que se enfrenta en estas elecciones: La pluralidad de culturas en Bolivia, frente al dogma de la verdad absoluta impuesta por las instituciones militares y religiosas. Curioso aspecto que invita a dimensionar la vigencia de las heridas producidas el 12 de octubre de 1492. El choque de culturas y sus «ondas expansivas» aún sigue repercutiendo… «Cinco siglos igual», al cantar de León Gieco. Bolivia es un claro ejemplo de ello.

Por lo todo expuesto en este trabajo, creo pertinente señalar que, aunque Bolivia nos puede importar más o nos puede importar menos, lo que no puede es sernos indiferente.

«Hermanos, levantad la frente.

Somos seres humanos iguales a los demás seres humanos que habitan la Tierra.

Nuestro origen es común, y la tierra, esta vieja tierra que regamos con nuestro sudor, es nuestra madre común, y, por lo mismo, tenemos el derecho de que nos alimente, nos dé la leña de sus bosques y el agua de sus fuentes a todos sin distinción, con una sola condición: que la fecundemos y la amemos.

Los que se dicen dueños de la tierra son los descendientes de aquellos bandidos que, a sangre y fuego, la arrebataron a nuestros antepasados, hace cuatro siglos, cuando ocurrieron aquellos actos de incendiarismo, de matanzas al por mayor, de estupros salvajes que la Historia consigna en este nombre: Conquista…»

Ricardo Flores Magón, 1911

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