Economía

Jair Bolsonaro, El Villano del Año

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Pero Bolsonaro no lo ve del mismo modo. En la Asamblea General de la ONU de septiembre pasado, mientras Greta Thunberg gritaba contra la desidia política ante el cambio climático, el líder brasileño espetaba a sus colegas políticos que es “una falacia” que la Amazonía sea el pulmón del mundo, sino que es de los países que la albergan; es decir: Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Guyana, la Guyana francesa y Surinam

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, explicó este miércoles, día de Navidad, que el martes resbaló en el baño de su casa, la residencia oficial del Palacio de la Alvorada, en Brasilia, y se golpeó en la cabeza. Tuvo pérdida de memoria temporal, según él mismo relató, y tuvo que pasar la noche de Nochebuena internado en un hospital. Seguro que para un ultrareligioso como él, pasar la noche del natalicio de Jesús en un frío hospital, rodeado de médicos, en lugar de hacerlo en casa, rodeado de su familia, fue una pesadilla.

En cualquier caso, no es una pesadilla peor que la que millones de personas sufrimos viéndole a él al mando de Brasil, uno de los países más importantes del mundo por su rol esencial como pulmón del planeta. Precisamente por eso, Bolsonaro tuvo sobre él el foco mediático internacional desde la campaña electoral de 2018, cuando se reveló ante los brasileños que aún no le conocían y ante la prensa internacional como un misógino, retrógrado, homofóbico y potencialmente fascista.

Con este perfil tan alarmante, la explicación de la victoria del ultraderechista es sencilla de explicar: Su discurso prometiendo mano dura, incluso brutalidad contra los criminales y delincuentes comunes en un país aquejado de una profunda crisis de violencia, con índices de asesinatos superiores, por ejemplo, a los de México.

El problema es que Bolsonaro aportó promesas inconcretas, haciendo gala de un populismo preocupante. Pero por el momento, su única propuesta concreta fue relajar leyes para poder portar armas, una solución, la de combatir el fuego con más fuego, que ya sabemos que fracasa permanentemente en Estados Unidos.

Más allá de eso, Bolsonaro no ha aportado nada bueno. Su negacionismo del cambio climático ha llevado en 2019 a que se hayan disparado las tasas de deforestación en la Amazonía, así como los registros de explotaciones mineras ilegales en el bosque. No es ninguna sorpresa, considerando que el presidente brasileño llamó expresamente a permitir más trabajos de minería en el pulmón del mundo.

Pero Bolsonaro no lo ve del mismo modo. En la Asamblea General de la ONU de septiembre pasado, mientras Greta Thunberg gritaba contra la desidia política ante el cambio climático, el líder brasileño espetaba a sus colegas políticos que es “una falacia” que la Amazonía sea el pulmón del mundo, sino que es de los países que la albergan; es decir: Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Guyana, la Guyana francesa y Surinam.

Es un discurso parecido al que escupió dos meses antes a periodistas que se reunieron con él en Brasilia: “La Amazonía es nuestra, y los datos de deforestación que se dan son falsos”. Esto lo dijo mientras una oleada de incendios arrasaba amplios sectores de la selva en Brasil y en Bolivia, sin que exista mucha duda del papel que en estos jugaron las ambiciones ilegales de los mineros que espolea Bolsonaro.

A la vez, este 2019 han crecido en Brasil de forma alarmante los asesinatos de indígenas que viven en la selva. No hablamos de los de las tribus aisladas, aunque ha habido algún caso, sino sobre todo de los que luchan activamente para defender su tierra y el patrimonio natural del país ante los explotadores. La justicia brasileña sufre para tratar de evitar que estos crímenes queden en la impunidad, especialmente cuando el presidente los fomenta.

Puede que esta Navidad Bolsonaro perdiera durante un ratito la memoria, pero los demás no podemos olvidar ni por un instante lo que este presidente está haciendo contra los derechos de sus ciudadanos y contra la Amazonía, un patrimonio que, por mucho que él diga, es de todos, porque nos ayuda a seguir vivos en medio del caos de contaminación y desechos que hay desatado alrededor del planeta.

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